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Porqué criticar una serie que te has visto enterita y sin rechistar

Porqué criticar
Un Lugar para Soñar

Porque criticar este artículo, quiero ir con la verdad por delante: a veces soy un hipócrita. Puedo encontrarme con una serie, meterme con ella sin dudarlo y después acabar viéndola entera como un devoto y sin aburrirme. Esto no quiere decir que mienta, ¿pero cómo se puede defenestrar una producción después de disfrutar a cierto nivel de ella (porque de otra forma estarías viendo otra cosa)?

Muchos se refieren a esta circunstancia como un “placer culpable”. Aquí entra cualquier serie que se considera mala o inferior pero que representa un vicio. Hace tiempo que estoy en contra de esta definición: muchas veces sirve para defender obras que tienen poco de placeres culpables, que simplemente son buen entretenimiento pero que se desmarcan de la fórmula “obra lenta y machirula que mola decir que ves” como por ejemplo las series de adolescentes y las series focalizadas en dramas de personajes femeninos.

‘Un lugar para soñar’ de Netflix no es buena: es previsible, no tiene buenas interpretaciones y a ratos tiene un tono conservador muy rancio

El problema es que Un lugar para soñar de Netflix no creo que sea buena ni algo remotamente parecido. Es predecible, sus mejores interpretaciones se conforman con ser mediocres, tiene momentos con un tono conservador deleznable (”tiene las manos largas pero es buen hombre”) y los flashbacks tienen tanta luz que parece Encuentros en la tercera fase. ¿Lo único bueno? Que pone énfasis en los sentimientos y las buenas intenciones de los personajes.

Se basa en las más de 20 novelas que Robyn Carr escribió ambientadas en un pueblo llamado Virgin River. Mel (Alexandra Beckenridge) es una enfermera de Los Angeles que quiere un cambio de aires y se instala en un pueblo perdido en medio de la nada. Allí descubre que el médico que la ha contratado ni tan siquiera la quiere en su consulta pero pronto se dará cuenta que esa comunidad es como una enorme familia, con sus más y sus menos, y sobre todo con un maromo que le llama la atención: Jack (Martin Henderson), el exmilitar que tiene el bar del pueblo.

La televisión últimamente necesita tantas excusas para ponerse emotiva y colocar los sentimientos de los personajes como trama en si misma (como si la emoción por la emoción fuera una bajeza) que Un lugar para soñar puede resultar casi terapéutica. Es ideal para esos momentos donde solamente te quieres dejar llevar por las buenas intenciones y, si hace falta, una buena llorera, incluso con una serie que sabes que es mala porque ninguno de los ingredientes es potable. ¡Incluso Beckenridge y Henderson tienen un encanto de segunda división!

Y es que un servidor a veces tiene días que quiere tumbarse en el sofá, apagar la neurona y hartarse con el equivalente del fast-food emocional. Puede funcionar con Anatomía de Grey (a la que nunca sabremos reconocer las virtudes como se merece), con un drama coreano de los que te desesperan con las decisiones de los personajes o con A million little things, que debe ser el mejor drama-drama de la televisión aunque nadie quiere emitirla por estos lares (y es mucho mejor que This is us, que enamora a los Emmy y se mueve en el mismo terreno).

Con redacción de MonitorDolar e información de La Vanguardia

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